Mendizábal
Mendizábal —Yo, amigo Hillo, no entiendo este endiablado Madrid, ni puedo darle a usted una opinión sobre lo que me pregunta. Aún no he tomado tierra. Ahora vengo de Francia, y allí, puedo asegurarlo, los españoles que he conocido se hacen lenguas del Sr. Mendizábal, y ven en él a un hombre extraordinario, providencial, que ha de regenerar la España.
—¡Viene usted de Francia! —exclamó Hillo picado de curiosidad ardiente—. Y en Francia ha dejado a sus padres…
—Yo no tengo padres. No los he conocido nunca.
—Entonces tendrá usted tíos.
—Tampoco. Yo me crié en Vera, en casa de un sacerdote, que murió hace tres años. Sus hermanos me mandaron a París, a una casa de comercio. Un año he vivido en la capital de Francia. Después pasé a Olorón…
—Pero es usted español, seguramente.
—Creo que sí… digo, sí: español soy.
—Habla usted nuestra lengua con gran corrección.
—Lo mismo hablo el francés.
Más avivada a cada momento la curiosidad del buen clérigo, arreció en sus preguntas: «Y dígame, si no hay inconveniente en que yo lo sepa: ¿viene usted a estudiar una carrera, o a ocupar una placita en nuestra administración?».
