Mendizábal
Mendizábal Y a la mañana siguiente le escribía la velada: «Antes de enterarme, por lo que me manifestó quien pudo observarlo, de la postura recta de su sombrero, Sr. de Hillo, señal de su desconformidad con lo que le propuse, ya había yo reconocido que anduve muy descaminada en aquel plan de comprar con el precio del abanico la liberación de Fernando. ¡Qué despropósito! ¡Cuánto me alegro de que usted opinara de distinto modo, según declaró su góndola!… Es que con el cavilar continuo, mi cabeza se pone a veces perdida, señor capellán, y si dormitó el buen Homero, como dicen ustedes los retóricos, ¿qué extraño es que no sólo dormite yo, sino que sueñe disparates? Despejada mi razón, he visto claro que si la diamantista huele dinero, estamos perdidos. Usted seguramente habrá imaginado y puesto en ejecución otros artificios por llegar al fin que anhelamos. Eso no quita que yo desee adquirir el abanico, y lo adquiriré, Dios mediante, cuando salgamos de este atolladero. No quiero que aquella preciosidad, que ya estuvo en mis manos, vaya a parar a otras, ni aun a las de la misma Reina. En este anhelo mío se manifiesta la mujer más de lo que yo quisiera, y quizás me vea usted frívola, caprichosa… Perdóneme, y cierro este paréntesis para decirle que no desmaye, que veo cercano el peligro. Si Fernando consigue apoderarse de Aura y desaparece, cualquiera les coge después… ¡Y si contrariados en sus amores, enloquecidos por la pasión, resuelven suicidarse juntos…! ¡Dios mío, qué horror! Crea usted que esta idea me persigue desde anoche… No duermo nada pensando en los distintos procedimientos de matarse que inventa el romanticismo, y que los malditos poetas han puesto de moda, infundiéndolos a la juventud exaltada, con el continuo ejemplo de dramas y novelas… Estemos alerta… y si hay vislumbres de suicidio mutuo, entonces, ¡ah!, entonces no hay más remedio que transigir… Todo, todo, antes que ver morir a Fernando… Eso no, eso no… repito que eso no… Concluyo, mi señor capellán, advirtiéndole que en la logia de la plazuela del Carmen andan ahora en grandes peloteras. Los libres se desatan, y en su delirio, en la fiebre del motín y de la bullanga, ayudan a los estatuistas a derribar a Mendizábal… Los de la moderación, que se traen ahora un cierto tacto de codos con el absolutismo, se proponen no dar tiempo a Don Juan y Medio para la realización de su plan de reformas. Tiran a impedir que decrete la supresión de monacales y la venta de sus bienes, porque calculan que con los recursos de la enajenación se haría fuerte el hombre, rodeándose de un baluarte de plata y oro… ¡Y esos badulaques, esos patriotas exaltados no ven que son instrumento de los que abominan de la Libertad! ¡Siempre lo mismo!… Con que ya sabe: métase allá, y no vacile en ponerse al lado de los que alboroten en pro de Mendizábal. No nos conviene que caiga tan pronto D. Juan: lo necesitaremos más adelante, quizás muy pronto. Adiós, señor capellán; en sus oraciones no deje de encomendarme a Dios».