Mendizábal

Mendizábal

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Un día entero estuvo la diamantista rumiando una solución pronta y eficaz: escribió a su hijo, residente en Córdoba, ordenándole que viniese en su ayuda. Era urgente apartar de la familia al exaltado joven, a quien recibió y agasajó suponiendo en él secretos enlaces con damas poderosas y con ministros y personajes de gran viso. ¡Buen chasco le había dado el tal Fernandito, que resultaba un triste y desamparado poeta, uno de tantos pelagatos del romanticismo, sin más fortuna que su melena y su enfática misantropía! Y lo mismo pensaba seguramente el Sr. de Mendizábal, que habiendole sin duda colocado por intrigas de las logias, acababa de ponerle de patitas en la calle. Vivía el tal miserablemente en un cuchitril de la calle de las Urosas, entre ratones, poetas, comicastros, y quizás mujeres de mala estofa, y todo en él, su traza y su fraseología, revelaba un presumido sin substancia, abandonado de Dios y de los hombres. ¡Fuera, pues; fuera D. Fernando… que no era bien comprometer el grandioso porvenir de la niña, ni arrojar a puercos las margaritas de la herencia de Negretti! Maturana, y otras personas a quien consultó, opinaban del propio modo. ¡Fuera niños románticos, que no traían consigo más que desvaríos, barullo, hambre!




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