Mendizábal
Mendizábal Otra vez en su mesa el Sr. D. Juan, incansable, desvelado… Adquirida la costumbre de trasnochar, no le apuntaba el sueño hasta la madrugada. En las altas horas de la noche sentía sus facultades más claras, su ingenio más agudo, y extraordinariamente aumentada su fecundidad de recursos expeditivos, de mañosas tretas, para escamotear las dificultades antes que para vencerlas.
«Que venga Milagro»; y al punto se presentó el buen D. José con varias cartas a la firma. Firmó Mendizábal, y entregó cuatro más que requerían contestación. Eran todas referentes a negocios electorales. Este pedía la procuración para sí; aquel para su pariente o amigo. Quién solicitaba humildemente; quién reclamaba con soberbia mal envuelta en cortesía, alegando servicios a la Libertad y una larga historia bullanguera. A unos se les contestaba con el perdone, hermano; a otros se ofrecían esperanzas bien rebozaditas, y ciertos y determinados nombres sacaban tajada, seguridades de éxito.
«Oiga usted, Milagro —dijo Su Excelencia cuando ya el funcionario se retiraba—, hágame el favor de manifestar a su amiga de usted, a esa cansada Zahón, que no puede ser y que no puede ser… En una larga carta muy difusa, que no he podido leer entera… me pide un desatino tal, que le contestaría con un puntapié si estuviera yo en otra posición… Pero diga usted, ¿es loca esa mujer?».