Misericordia
Misericordia DNo había acabado el marroquí su oriental leyenda, cuando Benina vio entrar en el café a una mujer vestida de negro. «Ahí tienes a esa fandangona, tu compañera de casa».
—¿Pedra? Maldita ella. Sacudir ella yo esta mañana. Venir, siguro, con la Diega…
—Sí, con una viejecica, muy chica y muy flaca, que debe de ser más borracha que los mosquitos. Las dos se van al mostrador, y piden dos tintas.
—Señá Diega enseñar vicio ella.
—¿Y por qué tienes contigo a esa gansirula, que no sirve para nada?
