Misericordia

Misericordia

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De la Diega no podía determinarse si era joven o entre-vieja. Por la estatura parecía una niña; por la cara escuálida y el cuello rugoso, todo pliegues, una anciana decrépita; por los ojos, un animalejo vivaracho. Su flaqueza era tan extremada, que Benina no pudo menos de comentarla mentalmente con una frase andaluza que usar solía su señora: «Esta es de las que sacan espinas con los codos».

Pedra se sentó, dando los buenos días, y la otra quedose en pie, sin alzar del suelo más que la cabeza de Almudena, en cuyos hombros dio fuertes palmetazos.

Tati quieta —le dijo este enarbolando el palo.

—Cuidado con él, que es malo y traicionero… —indicó la otra.

Jai… ¿verdad que eres malo y pegar tú mí?

—Yo ero beno; tú mala, b’rracha.

—No lo digas, que se escandalizará la señora anciana.

—Anciana no ser ella.

—¿Tú qué sabes, si no la ves?

—Decente ella.

—Sí que lo será, sin agraviar. Pero a ti te gustan las viejas.

—Ea, yo me voy, señora, que lo pasen bien —dijo Benina, azoradísima, levantándose.

—Quédese, quédese… ¡Si es groma!


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