Misericordia
Misericordia Señalole entonces el Rey una hembra que bien envuelta en un manto que la tapaba toda, el rostro inclusive, iba por el camino, y le dijo que aquella era la suya, y que la siguiese hasta cogerla o más bien cazarla, pues a paso muy ligero iba la condenada. Y dicho esto por el Rey, se dignó Su Majestad desaparecerse, y con él se fueron todos los de su comitiva, y los arregimientos y las señoras de blanco, y tudo, tudo, no quedando más que un olor penetrante del ilcienso, y los ladridos de los dos perrazos que se iban perdiendo en las lontananzas de la noche fría, cual si despavoridos huyeran hacia los montes. Tres meses estuvo enfermo Mordejai después de este singular suceso, y no comía más que agua y harina de cebada sin sal. Quedose tan flaco que se contaba al tacto todos los huesos, sin que se le escapara uno en la cuenta. Por fin, arrastrándose como pudo, emprendió su camino por toda la grandeza del mundo en busca de la mujer que, según dicho del divino Samdai, era suya.
—Y no la encontraste hasta tantismos años de correr, y se llamaba Nicolasa —dijo la Petra, queriendo ayudar al biógrafo de sí mismo.
—¿Tú qué saber? No ser Nicolasa.
—Entonces será la señora —apuntó la Diega, señalando no sin cierta impertinencia a la pobre Benina, que no chistaba.
—¿Yo?… ¡Jesús me valga! Yo no soy ninguna tarascona que anda por los caminos.