Misericordia
Misericordia —¡Que brillo por mi ausencia!… ¿Pero qué disparates está usted diciendo, Sr. de Ponte? O es que no entendemos nosotras, las mujeres de pueblo, esos términos tan fisnos… Ea, quédense con Dios. Yo vuelvo pronto, que tengo que dar de almorzar a la niña y a los señores gatos. Y aunque el Sr. D. Frasquito no quiera, ha de hacer aquí penitencia. Le convido yo… no, le convida la señorita.
—¡Oh, cuánto honor!… Lo agradezco infinito. Yo pensaba retirarme.
—Sí, ya sabemos que siempre está usted convidado en casas de la grandeza. Pero como es tan bueno, se dizna sentarse a la mesa de los pobres.
—Consideración que tanto le agradecemos —dijo Obdulia—. Ya sé que para el Sr. de Ponte es un sacrificio aceptar estas pobrezas…
—¡Por Dios, Obdulia!…
—Pero su mucha bondad le inspira estos y otros mayores sacrificios. ¿Verdad, Ponte?
—Ya la he reñido a usted, amiga mía, por ser tan paradójica. Llama sacrificio al mayor placer que puede existir en la vida.
—¿Tienes carbón?… —preguntó Benina bruscamente, como quien arroja una piedra en un macizo de flores.
—Creo que hay algo —replicó Obdulia—; y si no, lo traes también.