Misericordia

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—En aquella época, ya el autor de Graziella había fallecido. Una tarde, los amigos que me acompañaban en mis paseos me enseñaron la casa de Thiers, el gran historiador, y también me llevaron al café donde, por invierno, solía ir a tomarse su copa de cerveza Paul de Kock.

—¿El de las novelas para reír? Tiene gracia; pero sus indecencias y porquerías me fastidian.

También vi la zapatería donde le hacían las botas a Octavio Feuillet. Por cierto que allí me encargué unas, que me costaron seis napoleones… ¡pero qué hechura, qué género! Me duraron hasta el año de la muerte de Prim…

—Ese Octavio, ¿de qué es autor?

—De Sibila y otras obras lindísimas.

—No le conozco… Creo confundirle con Eugenio Sué, que escribió, si no recuerdo mal, los Pecados capitales y Nuestra Señora de París.

Los Misterios de París, quiere usted decir.

—Eso… ¡Ay, me puse mala cuando leí esa obra, de la gran impresión que me produjo!

—Se identificaba usted con los personajes, y vivía la vida de ellos.

—Exactamente. Lo mismo me ha pasado con María o la hija de un jornalero


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