Misericordia

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XIX

«Sí, D. Frasco —le dijo codeándose con él en la calle de San Pedro Mártir—. Usted no tiene confianza conmigo, y debe tenerla. Yo soy pobre, más pobre que las ratas; y Dios sabe las amarguras que paso para mantener a mi señora y a la niña, y mantenerme a mí… Pero hay quien me gana en pobreza, y ese pobre de más solenidá que nadie es usted… No diga que no».

—Señá Benina, repito que es usted un ángel.

—Sí… de cornisa… Yo no quiero que usted esté tan desamparado. ¿Por qué le ha hecho Dios tan vergonzoso? Buena es la vergüenza; pero no tanta, Señor… Ya sabemos que el Sr. de Ponte es persona decente; pero ha venido a menos, tan a menos, que no se lo lleva el viento porque no tiene por dónde agarrarlo. Pues bueno: yo soy Juan Claridades; después de atender a todo lo del día, me ha sobrado una peseta. Téngala…

—Por Dios, señá Benina —dijo Frasquito palideciendo primero, después rojo.

—No haga melindres, que le vendrá muy bien para que pueda pagarle a Bernarda la cama de anoche.

—¡Qué ángel, santo Dios, qué ángel!


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