Misericordia

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La criada no contestó. Preparando la comida de su ama, daba vueltas en su mente a las combinaciones más sutiles. Repetida la proposición por Doña Paca, pareció que Benina la encontraba razonable. «D. Romualdo… sí, sí. Iré a ver… Pero no respondo, señora, no respondo. Quizás desconfíen… Una cosa es hacer caridad, y otra prestar dinero… y no salimos del paso con menos de diez duros… ¿Qué dijo ese bruto de Gabino?, ¿que volvería mañana a darnos otro escándalo?… ¡Canalla, ladrón… que todo lo vende adúltero!… Pues, sí, es cosa de diez duros, y no sé si D. Romualdo… Por él no quedaría; pero su hermana es puño en rostro… ¡Diez duros!… Voy a ver… Pero no extrañe la señora que tarde un poco. Estas cosas… no sabe una cómo tratarlas… Depende de la cara que pongan; a lo mejor salen con aquello de “vuelva usted…”. Me voy, me voy; ya me entra la desazón… tardaré… pero no tarda quien a casa llega…».

—Sobre todo si no trae las manos vacías. Vete, hija, vete, y el Señor te acompañe y te afine las entendederas. Si yo tuviera tu talento, pronto saldría de estas trapisondas. Aquí me quedo rezando a todos los santos del cielo para que te inspiren, y a las dos nos saquen de este Purgatorio. Adiós, hija.



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