Misericordia

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XXI

La dueña del establecimiento brillaba por su ausencia. Fue recibida Benina por la encargada, y por un hombre llamado Prieto, que disfrutaba de toda la confianza de aquella, y llevaba la contabilidad del alquiler diario de camas. No tuvo la anciana más remedio que esperar, pues aquel par de congrios carecían de facultades para resolverle el problema que tan atrozmente la inquietaba. Hablando, hablando, del negocio de dormir (el año iba muy malo, y cada noche dormía menos gente, y los micos menudeaban), ocurriole a Benina preguntar por Frasquito Ponte; a lo que respondió Prieto que la noche anterior se habían visto en el caso de no admitirle porque era deudor ya de siete camas, y no había dado nada a cuenta.

«¡Pobre señor! —dijo Benina—; habrá dormido al raso… Es un dolor… a sus años… Mejorando lo presente, es más viejo que la Cuesta de la Vega».






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