Misericordia
Misericordia Sentáronse los dos. Almudena, dando resoplidos, se limpió el copioso sudor de su frente. Benina no le quitaba los ojos, atenta a sus movimientos, pues no las tenía todas consigo, viéndose sola con el enojado marroquí en lugar tan solitario. «A ver… amos… a ver por qué soy tan mala y tan engañadora. ¿Por qué?»
—Poique ti n’gañar mí. Yo quiriendo ti, tú quirier otro… Sí, sí… Señor bunito, cabaiero galán… ti queriendo él… Enfermo él casa Comadreja… tú llevar casa tuya él… quirido tuyo… quirido… rico él, señorito él…
—¿Quién te ha contado esas papas, Almudena? —dijo la buena mujer echándose a reír con toda su alma.
—No negar tú cosa… Tu n’fadar mí; riyendo tú mí…