Misericordia
Misericordia Después de revolcarse en el suelo con epiléptica contracción de brazos y piernas, y de golpearse la cara y tirarse de los pelos, lanzando exclamaciones guturales en lengua arábiga, que Benina no entendía, rompió a llorar como un niño, sentado ya a estilo moro, y continuando en la tarea de aporrearse la frente y de clavar los dedos convulsos en su rostro. Lloraba con amargo desconsuelo, y las lágrimas calmaron sin duda, su loca furia. Acercose Benina un poquito, y vio su rostro inundado de llanto que le humedecía la barba. Sus ojos eran fuentes por donde su alma se descargaba del raudal de una pena infinita.
Pausa larga. Almudena, con voz quejumbrosa de chiquillo castigado, llamó cariñosamente a su amiga.
—Nina… amri… ¿Estar aquí ti?
—Sí, hijo mío, aquí estoy viéndote llorar como San Pedro después que hizo la canallada de negar a Cristo. ¿Te arrepientes de lo que has hecho?
—Sí, sí… amri… ¡Haber pegado ti!… ¿Doler ti mocha?
—¡Ya lo creo que me escuece!
—Yo malo… yorando mí días mochas, poique pegar ti… Amri, perdoñar tú mí…
—Sí… perdonado… Pero no me fío.
—Tomar tú palo —le dijo alargándoselo—. Venir qui… cabe mí. Coger palo y dar mí fuerte, hasta que matar tú mí.
