Misericordia
Misericordia No respondió la anciana con negación rotunda por no excitarle más, y se limitó a presentarle los inconvenientes del abandono brusco de su señora, que se moriría si de ella se separase. Pero a todas estas razones oponía el marroquí, otras fortalecidas en el fuero y leyes de amor, que a todo se sobreponen. «Si tú quierer mí, amri, mí casar tigo».
Al hacer la oferta de su blanca mano, acompañándola de un suspirar tierno y de remilgos de vergüenza, con sus enormes labios que se dilataban hasta las orejas o se contraían formando un hocico monstruoso, Benina no pudo evitar una risilla de burla. Pero conteniéndose al instante, acudió a la respuesta con este discretísimo argumento:
—Hijo, así te llamo porque pudieras serlo… agradezco tu fineza; pero repara que he cumplido los sesenta años.
—Cumplir no cumplir sisenta, milienta, yo quierer ti.
—Soy una vieja, que no sirve para nada.
—Sirvi, amri; yo quierer ti… tú mais que la luz bunita; moza tú.
—¡Qué desatino!