Misericordia
Misericordia Quedose meditabundo el africano al oír esto, y después se dio golpetazos en la frente, como hombre que experimenta gran confusión y desconsuelo. «Perdoñar mí tú… Olvidar mí dicer ti cosa».
—¿Qué? ¿Vas a salir ahora con inconvenientes? ¿Es que la operación no vale porque faltaría algún requisito?
—Olvidar mí requesito… No valer, poique ser tú muquier.
—¡Condenado! —exclamó Benina sin poder contener su enojo—, ¿por qué no empezaste por ahí? Pues si el primer requesito es ser hombre… ¡a ver!
—Perdoñar mí… Olvidar cosa migo.
—Tú no tienes la cabeza buena. ¡Vaya una plancha! Pero ¡ay! la culpa es mía, por haberme creído las paparruchas que inventan en tu tierra maldecida, y en esa tu religión de los demonios coronados. No, no lo creí… Era que la pobreza me cegaba… Y no lo creo, no. Perdóneme Dios el mal pensamiento de llamar al diablo con todos esos arrumacos; perdóneme también la Virgen Santísima.
—Si no valer eso poique ser tú muquier… —replicó Almudena vergonzoso—, saber mí otra cosa… que si jacer tú, coger has tú tuda la diniera que tú querier.
—No, no me engañas otra vez. ¡Buen pájaro estás tú!… Ya no creo nada de lo que me digas.