Misericordia

Misericordia

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—¿Y eso tengo que hacerlo yo? —dijo Benina impaciente—. ¡Apañado estás! ¿Y ese libro está escrito en tu lengua? Tonto, ¿cómo voy a leer yo esos garrapatos, si en mi propio castellano natural me estorba lo negro?

Leyerlo mí… leyer tú.

—Pero en ese agujero bajo tierra, que será la casa de los topos, ¿podemos estar los dos?

Siguro.

—Bueno. Y para poder ver bien la letra de ese libro —dijo con sorna la dama—, llevarás antiparras de ciego…

—Mí saberlo de memueria —replicó impávido el africano.

La operación, pasados los cuarenta días de penitencia, terminaba por escribir en un papelito, como los de cigarro, ciertas palabras mágicas que él sabía, él solo; luego se soltaba el papelito en el aire, y mientras el viento lo llevaba de aquí para allá, ella y él rezarían devotamente oraciones mochas, sin quitar los ojos del papel volante. Allí donde cayese, se encontraría, cavando, cavando, el tesoro soterrado, probablemente una gran olla repleta de monedas de oro.


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