Misericordia
Misericordia —No, tú no duermes, es mentira: la conciencia no te deja dormir. Reconoces que tengo razón, y que eres de las que se componen para disimular y esconder sus maldades… No diré que sean precisamente maldades, tanto no. Soy generosa en esto como en todo, y diré flaquezas… pero ¡qué flaquezas! Somos frágiles: verdaderamente tú puedes decir: «No me llamo Benina, sino Fragilidad…». Pero no te apures, pues ya sabes que no he de ir con cuentos al Sr. de Ponte para desprestigiarte, y deshojar la flor de sus ilusiones… ¡Qué risa!… No viendo en ti, como no puede verlo, una figura elegante, ni un rostro fresco y sonrosado, ni modales finos, ni educación de señora, ni nada de eso, que es por lo que se enamoran los hombres, habrá visto… ¿qué? Por Dios que no acierto. Si tú fueras franca, que no lo eres, ni lo serás nunca… ¿Oyes lo que digo?
—Sí, señora, oigo.
—Si tú fueras franca, me dirías que el Sr. de Ponte te llama ángel por lo bien que haces las sopas de ajo, acartonaditas… Y ¿te parece a ti que esto es suficiente motivo para que a una mujer la llamen ángel con todas sus letras?
—¿Pero a usted qué le importa?… Deje al Sr. de Ponte Delgado que me ponga los motes que quiera.