Misericordia
Misericordia —Esa es —añadió la Casiana con sequedad oficiosa, como si creyese que hacía falta su exequatur de caporala para conocimiento o certificación de la personalidad de sus inferiores.
—Pues, señá Benina —agregó D. Carlos embozándose hasta los ojos para afrontar el frío de la calle—, mañana, a las ocho y media, se pasa usted por casa; tenemos que hablar. ¿Sabe usted dónde vivo?
—Yo la acompañaré —dijo Eliseo echándosela de servicial y diligente en obsequio del señor y de la mendiga.
—Bueno. La espero a usted, señá Benina.
—Descuide el señor.
—A las ocho y media en punto. Fíjese bien —añadió D. Carlos a gritos, que resultaron apagados porque le tapaban la boca las felpas húmedas del embozo raído—. Si va usted antes, tendrá que esperarse, y si va después, no me encuentra… Ea, con Dios. Mañana es 25: me toca en Montserrat, y después, al cementerio. Con que…