Misericordia
Misericordia Un sábado por la tarde se colmaron sus desdichas con un inesperado y triste incidente. Salió a pedir en San Justo: Almudena hacía lo mismo en la calle del Sacramento. Estrenose ella con diez céntimos, inaudito golpe de suerte, que consideró de buen augurio. ¡Pero cuán grande era su error, al fiarse de estas golosinas que nos arroja el destino adverso para atraernos y herirnos más cómodamente! Al poco rato del feliz estreno, se apareció un individuo de la ronda secreta que, empujándola con mal modo, le dijo: «Ea, buena mujer, eche usted a andar para adelante… Y vivo, vivo…».
—¿Qué dice?…
—Que se calle y ande…
—¿Pero a dónde me lleva?
—Cállese usted, que le tiene más cuenta… ¡Hala! a San Bernardino.
—¿Pero qué mal hago yo… señor?
—¡Está usted pidiendo!… ¿No le dije a usted ayer que el señor Gobernador no quiere que se pida en esta calle?
—Pues manténgame el señor Gobernador, que yo de hambre no he de morirme, por Cristo… ¡Vaya con el hombre!…
—¡Calle usted, so borracha!… ¡Andando digo!
—¡Que no me empuje!… Yo no soy criminala… Yo tengo familia, conozco quién me abone… Ea, que no voy a donde usted quiere llevarme…