Misericordia

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—Dispénseme usted, Sr. D. Romualdo —dijo la viuda de Zapata, que de la emoción no podía tenerse en pie, y hubo de arrojarse en una silla, después de besar la mano al sacerdote—. Gracias a Dios que puedo manifestar a usted mi gratitud por su inagotable bondad.

—Es mi obligación, señora… —repuso el clérigo un tanto sorprendido—, y nada tiene usted que agradecerme.

—Y dígame ahora, por Dios —agregó la señora, con tanto miedo de oír una mala noticia, que apenas hablar podía—; dígamelo pronto. ¿Qué ha sido de mi pobre Nina?

Sonó este nombre en el oído del buen sacerdote como el de una perrita que a la señora se le había perdido.

—¿No parece?… —le dijo por decir algo.

—¿Pero usted no sabe…? ¡Ay, ay! Es que ha ocurrido una desgracia, y quiere ocultármelo, por caridad.

Prorrumpió en acerbo llanto la infeliz dama, y el clérigo permanecía perplejo y mudo. «Señora, por piedad, no se aflija usted… Será, o no será lo que usted supone».

—¡Nina, Nina de mi alma!

—¿Es persona de su familia, de su intimidad? Explíqueme…


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