Misericordia
Misericordia No logró la dama, con este anuncio de un reparador banquete, sujetar la imaginación y la voluntad de Frasquito, que desde que tomó el dinero se sentía devorado por un ansia loca de salir a la calle, de correr, de volar, pues alas creyó que le nacían. «Yo, señora, tengo que hacer esta tarde… Me es imprescindible salir… Además, necesito que me dé un poco el aire… Siento así como un poco de mareo. Me conviene el ejercicio, crea usted que me conviene… También me urge mucho avistarme con mi sastre, aunque no sea más que para ponerme al tanto de las modas que ahora corren, y ver de preparar alguna prenda… Soy muy dificultoso, y tardo mucho en decidirme por esta o la otra tela.»
—Sí, sí, vaya a sus diligencias; pero no se corra mucho, y vea en este suceso feliz, como lo veo yo, una lección que nos da la Providencia. Por mi parte, me declaro convencida de lo buenos que son el orden y el arreglo, y hago propósito firme de apuntar todo, todito lo que gasto.
—Y el ingreso también… Lo mismo haré yo, es decir, lo he hecho; pero no me ha valido, crea usted, amiga de mi alma, que no me ha valido.
—Teniendo renta segura, el toque está en acomodar las entradas a las salidas, y no extralimitarse… Por Dios, querido Ponte, no hagamos otra vez la barbaridad de reírnos del balance y de la… Ahora reconozco que Trujillo tiene razón.