Misericordia

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—Allá nos iremos una temporada… Pero mi mujer, ni pa Dios quiere que deje yo este oficio de pateta. Aguántate por ahora, Polidura, que con mi Juliana no se juega: le tengo más miedo que a una leona con hambre… Y cuéntame, ¿qué has hecho hoy?… ¡Ah! ya no me acordaba: mi madre quiere comprar una araña…

—¡Una araña!

—Sí, hombre, o lámpara colgante para el comedor. Me ha dicho si sabemos de alguna buena y vistosa, de lance…

—Sí, sí —replicó Polidura—. En la almoneda de la calle de Campomanes la tenemos.

—Otra… También quiere saber si se proporcionarán alfombras de moqueta y terciopelo en buen uso.

—Eso, en la almoneda de la Plaza de Celenque. Aquí lo tengo: «Todo el mobiliario de una casa. Horas, de una a tres. No se admiten prenderos».

—Mi hermana, que, entre paréntesis, se zampó esta tarde media gallina, lo que quiere es un landó de cinco luces…

—¡Atiza!

—Yo he aconsejado a Obdulia —indicó Frasquito con gravedad—, que no tenga cocheras, que se entienda con un alquilador.

—Claro… Pero no dará pa tanto el cortijo de pateta. ¡Landó de cinco luces! Y que tiren de él las burras de leche del señó Jacinto.


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