Misericordia

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—Pues a lo que íbamos, Almudena —dijo la señá Benina, quitándose el pañuelo para volver a ponérselo, como persona desasosegada y nerviosa que quiere ventilarse la cabeza—. Tengo un grave compromiso, y tú, nada más que tú, puedes sacarme de él.

Dicermi ella, tú…

—¿Qué pensabas hacer esta tarde?

—En casa mí, mocha que jacer mí: lavar ropa mí, coser mocha, remendar mocha.

—Eres el hombre más apañado que hay en el mundo. No he visto otro como tú. Ciego y pobre, te arreglas tú mismo tu ropita; enhebras una aguja con la lengua más pronto que yo con mis dedos; coses a la perfección; eres tu sastre, tu zapatero, tu lavandera… Y después de pedir en la parroquia por la mañana, y por las tardes en la calle, te sobra tiempo para ir un ratito al café… Eres de lo que no hay; y si en el mundo hubiera justicia y las cosas estuvieran dispuestas con razón, debieran darte un premio… Bueno, hijo: pues lo que es esta tarde no te dejo trabajar, porque tienes que hacerme un servicio… Para las ocasiones son los amigos.

—¿Qué sucieder ti?

—Una cosa tremenda. Estoy que no vivo. Soy tan desgraciada, que si tú no me amparas me tiro por el viaducto… Como lo oyes.

Amri… tirar no.


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