Misericordia
Misericordia Dicho lo que antecede, se limpió las lágrimas con mano temblorosa, y pensó en tomar las resoluciones de orden práctico que las circunstancias exigían.
—Dirnos, dirnos —replicó Almudena cogiéndola del brazo.
—¿A dónde? —dijo Nina con aturdimiento—. ¡Ah! lo primero a casa de D. Romualdo.
Y al pronunciar este nombre se quedó un instante lela, enteramente idiota.
—«R’maldo mentira» —declaró el ciego.
—Sí, sí, invención mía fue. El que ha llevado tantas riquezas a la señora será otro, algún D. Romualdo de pega… hechura del demonio… No, no, el de pega es el mío… No sé, no sé. Vámonos, Almudena. Pensemos en que tú estás malo, que necesitas pasar la noche bien abrigadito. La señá Juliana, que es la que ahora corta el queso en la casa de mi señora, y todo lo suministra… en buen hora sea… me ha dado este duro. Te llevaré a los palacios de Bernarda, y mañana veremos.
—Mañana, dir nosotros Hierusalaim.
—¿A dónde has dicho? ¿A Jerusalén? ¿Y dónde está eso? ¡Vaya, que querer llevarme a ese punto, como si fuera, un suponer, Jetafe o Carabanchel de Abajo!
