Misericordia
Misericordia —¿Qué me ha de pasar? ¡Que los niños se me mueren!
—¡Ay, Dios mío, qué pena! ¿Están malitos?
—Sí… digo, no: están buenos. Pero a mí me atormenta la idea de que se mueren… ¡Ay, Nina de mi alma, no puedo echar esta idea de mí! No hago más que llorar y llorar… Ya lo ve usted…
—Ya lo veo, sí. Pero si es una idea, haz por quitártela de la cabeza, mujer.
—A eso vengo, señá Benina, porque desde anoche se me ha metido en la cabeza otra idea: que usted, usted sola, me puede curar.
—¿Cómo?
—Diciéndome que no debo creer que se mueren los niños… mandándome que no lo crea.
—¿Yo?…
—Si usted me lo afirma, lo creeré, y me curaré de esta maldita idea… Porque… lo digo claro: yo he pecado, yo soy mala…
—Pues, hija, bien fácil es curarte. Yo te digo que tus niños no se mueren, que tus hijos están sanos y robustos.
—¿Ve usted?… La alegría que me da es señal de que usted sabe lo que dice… Nina, Nina, es usted una santa.