Misericordia
Misericordia —Me conformo, porque no está en mi mano el darme otra. Venga todo antes que la muerte, y padezcamos con tal que no falte un pedazo de pan, y pueda uno comérselo con dos salsas muy buenas: el hambre y la esperanza.
—¿Y soportas, además de la miseria, la vergüenza, tanta humillación, deber a todo el mundo, no pagar a nadie, vivir de mil enredos, trampas y embustes, no encontrar quien te fÃe valor de dos reales, vernos perseguidos de tenderos y vendedores?
—¡Vaya si lo soporto!… Cada cual, en esta vida, se defiende como puede. ¡EstarÃa bueno que nos dejáramos morir de hambre, estando las tiendas tan llenas de cosas de substancia! Eso no: Dios no quiere que a nadie se le enfrÃe el cielo de la boca por no comer, y cuando no nos da dinero, un suponer, nos da la sutileza del caletre para inventar modos de allegar lo que hace falta, sin robarlo… eso no. Porque yo prometo pagar, y pagaré cuando lo tengamos. Ya saben que somos pobres… que hay formalidad en casa, ya que no haigan otras cosas. ¡EstarÃa bueno que nos afligiéramos porque los tenderos no cobran estas miserias, sabiendo, como sabemos, que están ricos!…
—Es que tú no tienes vergüenza, Nina; quiero decir, decoro; quiero decir, dignidad.