Misericordia

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No quiso Benina quitarle la cuerda con interrupciones y negativas, porque sabía que cuando se disparaba en aquel tema, era mejor dejar que le diese todas las vueltas. Hasta que no puso la señora el punto, sofocada y casi sin aliento, no se aventuró a decirle: «Pues D. Carlos me mandó que fuera a su casa mañana».

—¿Para qué?

—Para hablar conmigo…

—Como si lo viera. Querrá mandarme una limosna… Justamente: hoy es el aniversario de la muerte de Pura… Se saldrá con alguna porquería.

—¡Quién sabe, señora! Puede que se arranque…

—¿Ese? Ya estoy viendo que te pone en la mano un par de pesetas o un par de duros, creyendo que por este rasgo han de bajar los ángeles, tocando violines y guitarras, a ensalzar su caridad. Yo que tú, rechazaría la limosna. Mientras tengamos a nuestro D. Romualdo, podemos permitirnos un poquito de dignidad, Nina.

—No nos conviene. Podría incomodarse y decir, un suponer, que es usted orgullosa y qué sé yo qué.

—Que lo diga. ¿Y a quién se lo va a decir?

—Al propio D. Romualdo, de quien es amigote. Todos los días le oye la misa, y después echan un parrafito en la sacristía.


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