Tristana
Tristana —Maldita. ¿Qué ha de tener?
—Pues direte, Inés, la cosa… Oye. (Abrazándole). Lo que he pensado de mí, estudiándome mucho, porque yo me estudio, ¿sabes?, es que sirvo, que podré servir para las cosas grandes; pero que decididamente no sirvo para las pequeñas.
Lo que Horacio le contestó perdiose en la oleada de ternezas que vino después, llenando de vagos rumores la plácida soledad del estudio.