Tristana

Tristana

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«… Ni en broma me digas que puede mi señó Juan dejar de quererme. No conoces tú bien a tu Panchita de Rímini, que no se asusta de la muerte, y se siente con valor para suicidarse a sí misma con la mayor sal del mundo. Yo me mato como quien se bebe un vaso de agua. ¡Qué gusto, qué dulcísimo estímulo de curiosidad! ¡Enterarse de todo lo que hay por allá, y verle la cara al pusuntra!… ¡Curarse radicalmente de aquella dudita fastidiosa de ser o no ser, como dijo Chispearís…! En fin, que no me vuelvas a decir eso de quererme un poquito menos, porque mira tú… ¡si vieras qué bonita colección de revólveres tiene mi D. Lepe! Y te advierto que los sé manejar, y que si me atufo, ¡pim!, me voy a dormir la siesta con el Espíritu Santo…».

¡Y cuando el tren traía y llevaba todo este cargamento de sentimentalismo, no se inflamaban los ejes del coche-correo ni se disparaba la locomotora, como corcel en cuyos ijares aplicaran espuelas calentadas al rojo! Tantos ardores permanecían latentes en el papelito en que estaban escritos.





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