Tristana

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No se equivocaba el sagaz alumno de Hipócrates. Cuando entraron a ver a Tristana, ésta los recibió con semblante entre risueño y lloroso. Se reía, y dos gruesos lagrimones corrían por sus mejillas de papel.

«Ya, ya sé lo que tiene que decirme… No hay que apurarse. Soy valiente… Si casi me alegro… Y sin casi… porque vale más que me la corten… Así no sufriré… ¿Qué importa tener una sola pierna? Digo, como importar… Pero si ya en realidad no la tengo, ¡si no me sirve para nada!… Fuera con ella, y me pondré buena, y andaré… con muletas, o como Dios me dé a entender…».

—Hija mía, te quedarás buenísima —dijo D. Lope, envalentonándose al verla tan animosa—. Pues si yo supiera que cortándome las dos me quedaba sin reuma, hoy mismo… Después de todo, las piernas se sustituyen por aparatos mecánicos que fabrican los ingleses y alemanes, y con ellos se anda mejor que con estos maldecidos remos que nos ha encajado la Naturaleza.

—En fin —agregó Miquis—, no se asuste la muñeca, que no la haremos sufrir nada… pero nada… Ni se enterará usted. Y luego se sentirá muy bien, y dentro de unos cuantos días ya podrá entretenerse en pintar…


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