Tristana

Tristana

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«¡Ay, todavía me duele!» —fueron las primeras palabras que pronunció al volver del tenebroso abismo. Y después, su fisonomía pálida y descompuesta revelaba como un profundo análisis autopersonal, algo semejante a la intensísima fuerza de observación que los aprensivos dirigen sobre sus propios órganos, auscultando su respiración y el correr de la sangre, palpando mentalmente sus músculos y acechando el vibrar de sus nervios. Sin duda la pobre niña concentraba todas las fuerzas de su mente en aquel vacío de su extremidad inferior, para reponer el miembro perdido, y conseguía restaurarlo tal como fue antes de la enfermedad, sano, vigoroso y ágil. Sin gran esfuerzo imaginaba que tenía sus dos piernas, y que andaba con ellas garbosamente, con aquel pasito ligero que la llevaba en un periquete al estudio de Horacio.

—¿Qué tal mi niña? —le preguntó D. Lope haciéndole caricias.

Y ella, tocando suavemente los blancos cabellos del galán caduco, le contestó con gracia: «Muy bien… Me siento muy descansadita. Si me dejaran, ahora mismo me echaría a correr… digo, a correr, no… No estamos para esas bromas».


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