Tristana
Tristana «¡Qué pedazo de ángel! —decía D. Lope, dejando atrás, con menos calma que a la subida, el sin fin de peldaños de la escalera del estudio—. Y parece honrado y decente. No le veo muy aferrado a la infantil manía del matrimonio, ni me ha dicho nada de bello ideal, ni aquello de amarla hasta la muerte, con patita o sin patita… Nada; que esto es cosa concluida… Creí encontrar un romántico, con cara de haber bebido el vinagre de las pasiones contrariadas, y me encuentro un mocetón de color sano y espíritu sereno, un hombre sesudo, que al fin y a la postre verá las cosas como las veo yo. Ni se le conoce que esté enamoradísimo, como debió de estarlo antes, allá qué sé yo cuándo. Más bien parece confuso, sin saber qué actitud tomar cuando la vea ni cómo presentársele… En fin, ¿qué saldrá de esto?… Para mí, es cosa terminada… terminada… sí, señor… cosa muerta, caída, enterrada… como la pierna».
