Tristana

Tristana

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Una tarde, sin que nadie lo hubiese previsto, despidiose el pintor para Villajoyosa, pues según dijo, su tía, que allá continuaba residiendo, se hallaba en peligro de muerte. Así era la verdad, y a los tres días de llegar el sobrino, doña Trini cerró las pesadas compuertas de sus ojos para no volverlas a abrir más. Poco después, a la entrada del otoño, cayó Díaz enfermo, aunque no de gravedad. Cruzáronse cartas amistosas entre él y Tristana, y el mismo D. Lope, las cuales en todo el año siguiente continuaron yendo y viniendo cada dos, cada tres semanas, por el mismo camino por donde antes corrían las incendiarias cartas de señó Juan y de Paquita de Rímini. Tristana escribía las suyas deprisa y corriendo, sin poner en ellas más que frases de cortés amistad. Por una de esas inspiraciones que llevan al ánimo su conocimiento profundo y certero de las cosas, la inválida creía firmemente, como se cree en la luz del sol, que no vería más a Horacio. Y así era, así fue… Una mañana de Noviembre entró D. Lope con cara grave en el cuarto de la joven, y sin expresar alegría ni pena, como quien dice la cosa más natural del mundo, le soltó la noticia con este frío laconismo:

«¿No sabes?… Nuestro D. Horacio se casa».



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