Tristana
Tristana —No importa; se irán ella y usted al infierno, y de nada les valdrán sus buenas intenciones de hoy.
Total, que el buen arcediano quería casarlos. ¡Inverosimilitud, sarcasmo horrible de la vida, tratándose de un hombre de ideales radicales y disolventes, como D. Lope!
«Aunque estoy lelo —dijo éste empinándose con trabajo sobre las puntas de los pies—, aunque estoy hecho un mocoso y un bebé… no tanto, Primitivo, no me hagas tan imbécil».
Expuso el buen sacerdote sus planes sencillamente. No pedía, sino que secuestraba. Véase cómo. «Las tías —dijo—, que son muy cristianas y temerosas de Dios, le ofrecen a usted, si entra por el aro y acata los mandamientos de la ley divina… ofrecen, repito, cederle en escritura pública las dos dehesas de Arjonilla, con lo cual no sólo podrá vivir holgadamente los días que el Señor le conceda, sino también dejar a su viuda…».
—¡A mi viuda!
—Sí; porque las tías, con mucha razón, exigen que usted se case.
Don Lope soltó la risa. Pero no se reía de la extravagante proposición, ¡ay!, sino de sí mismo… Trato hecho. ¿Cómo rechazar la propuesta, si aceptándola aseguraba la existencia de Tristana cuando él faltase?