Tristana
Tristana Don Lope desahogaba su enojo con amenazas y juramentos, y luego, entre airado y burlón, le decía: «Porque nada tendrá de particular que, si sales, te acose algún mequetrefe, de estos bacillus virgula del amor que andan por ahí, único fruto de esta generación raquítica, y que tú, a fuerza de oír sandeces, te marees y le hagas caso. Mira, niñita, mira que no te lo perdono. Si me faltas, que sea con un hombre digno de mí. ¿Y dónde está ese hombre, digno rival de lo presente? En ninguna parte, ¡vive Dios! Cree que no ha nacido… ni nacerá. Así y todo, tú misma reconocerás que no se me desbanca a mí tan fácilmente… Ven acá: basta de moñitos. ¡Si creerás que no te quiero ya! ¡Cómo me echarías de menos si te fueras de mí! No encontrarías más que tipos de una insipidez abrumadora… Vaya, hagamos las paces. Perdóname si dudé de ti. No, no, tú no me engañas. Eres una mujer superior, que conoce el mérito y…».