Tristana
Tristana Por sus pasos contados vinieron las confidencias difíciles, abriéronse las páginas biográficas que más se resisten a la revelación, porque afectan a la conciencia y al amor propio. Es ley de amor el inquirir, y lo es también el revelar. La confesión procede del amor, y por él son más dolorosas las apreturas de la conciencia. Tristana deseaba confiar a Horacio los hechos tristes de su vida, y no se conceptuaba dichosa hasta no efectuarlo. Entreveía o más bien adivinaba el artista un misterio grave en la existencia de su amada, y si al principio, por refinada delicadeza, no quiso echar la sonda, llegó día en que los recelos del hombre y la curiosidad del enamorado pudieron más que sus finos miramientos. Al conocer a Tristana, creyola Horacio, como algunas gentes de Chamberí, hija de D. Lope. Pero Saturna, al llevarle la segunda carta, le dijo: «La señorita es casada, y ese D. Lope, que usted cree papá, es su propio marido inclusive». Estupefacción del joven artista; pero el asombro no impidió la credulidad… Así quedaron las cosas, y por bastantes días persistió en Horacio la costumbre de ver en su conquista la legítima esposa del respetable y gallardo caballero, que parecía figura escapada del Cuadro de las Lanzas. Siempre que ante ella le nombraba, decía: «Tu marido acá, tu marido allá…» y ella no se daba maldita prisa en destruir el error. Pero un día, al fin, palabra tras palabra, pregunta sobre pregunta, sintiendo invencible repugnancia de la mentira, y hallándose con fuerzas para cerrar contra ella, Tristana, ahogada de vergüenza y de dolor, se determinó a poner las cosas en su lugar.
