Tristana
Tristana —Bueno, pues yo lo descubriré. No, no te riño. ¡Si aun portándote mal conmigo tengo mucho que agradecerte! Me has querido en mi vejez, me has dado tu juventud, tu candor; cogí flores en la edad en que no me correspondía tocar más que abrojos. Reconozco que he sido malo para ti y que no debí arrancarte del tallo. Pero no lo puedo remediar; no me puedo convencer de que soy viejo, porque Dios parece que me pone en el alma un sentimiento de eterna juventud… ¿Qué dices a esto? ¿Qué piensas? ¿Te burlas?… Ríete todo lo que quieras; pero no te alejes de mí. Yo sé que no puedo dorar tu cárcel (con amargura vivísima), porque soy pobre. Es la pobreza también una forma de vejez; pero a ésta me resigno menos que a la otra. El ser pobre me anonada, no por mí, sino por ti, porque me gustaría rodearte de las comodidades, de las galas que te corresponden. Mereces vivir como una princesa, y te tengo aquí como una pobrecita hospiciana… No puedo vestirte como quisiera. Gracias que tú estás bien de cualquier modo, y en esta estrechez, en nuestra miseria mal disimulada, siempre, siempre eres y serás perla.
Con gestos más que con palabras, dio a entender Tristana que le importaba un bledo la pobreza.