Zumalacárregui
Zumalacárregui Dificilísima fue la ascensión a San Isidro; penoso el descenso hacia Urralegui, en la noche oscura, rodeados de una densa neblina, que al amanecer se hizo de tal manera espesa que no sabían por dónde andaban. Sólo encontraron algunos carboneros. El resplandor de una ferrería en el fondo del valle, muy conocida de algunos expedicionarios que habían trabajado en ella, les sirvió de guía para orientarse. Llegaron contentos y orgullosos a las inmediaciones de Azcoitia, y se ocultaron en la espesura del bosque, para tomar descanso durante el día, y estudiar el paso del Urola, que sería de gran dificultad si andaban por allí tropas cristinas. Mandó Fago cinco hombres hacia la venta de Elosua, a reconocer el puente próximo, tantear a la gente del país y procurarse las parejas necesarias para continuar a la noche siguiente. Uno que era de Azpeitia se encargó de acercarse a su pueblo para ver si había tropas, y con los otros dos se quedó solo el jefe, custodiando el cañón en sitio bastante cerrado de monte. Chomín llamaban a uno de ellos, y era de Éibar; hábil herrero y un poco maquinista; mocetón fornido, de corazón infantil y mollera tan dura como el hierro que sabía trabajar. El otro, de armazón ciclópea, superaba en corpulencia y vigor a todos los de la partida; levantaba pesos inverosímiles, y la barra usual de hierro era para él un juguete. Por lo demás, un pedazo de pan como carácter. Llamábanle Gorria, y era del señorío de Lazcano. Durmieron los tres como unas dos horas, y luego comieron de lo que Chomín traía en su morral: pan duro, que reblandecían en el agua de un manantial próximo, y queso áspero de Cegama. Gorria, que servía en la causa desde los principios de la guerra, contó a Fago cómo había sustituido Zumalacárregui a Iturralde en el mando de Navarra; las cuestiones entre la Junta y el primitivo cabecilla; cómo el gran D. Tomás organizó con tenaz energía su ejército, enseñando a los campesinos tiradores el oficio de soldado, inculcándoles la disciplina y haciéndoles bravos, serenos, obedientes. Contaban esto los guipuzcoanos en lenguaje tan sencillo como incorrecto, pues hablaban detestablemente el castellano, y el aragonés lo oía con tristeza, pues todo aquello grande y práctico con que había ilustrado su nombre D. Tomás lo habría hecho él si le dieran ocasión de ello. Gorria le contó el gran suceso de Arguijas, y luego lo de Salvatierra, con la derrota de Doyle. Aseguró que si pudieran hacerse con algunas piezas de artillería, la causa estaba ganada, y se merendarían a Mina, que ya se preparaba a darles batalla, y venía muy fanfarrón. Dijo Fago que Mina era muy querido en Navarra y la conocía palmo a palmo; pero que no podría con Zumalacárregui si éste tomaba buenas posiciones y le esperaba tranquilo. Más guerrillero que General, y enfermo y viejo, no había caído Mina en la cuenta de que los tiempos eran otros: no en vano pasan veinte años de política sobre los pueblos. El Ejército Real no valía menos, como tal ejército, que los mejores de Napoleón, con la ventaja sobre éstos de estar en casa, en un país enteramente adicto, donde todo le favorecía, la naturaleza y las personas. Los cristinos venían a ser como extranjeros: nadie les quería, pocos les ayudaban. Tenían que llevar consigo las armas y el pan, y fortificarse en todo punto donde ponían su planta. Por último, entonaron los tres un himno en alabanza de la sublime artillería, y juraron afrontar no sólo lo difícil, sino lo imposible, hasta llevarle a D. Tomás la pieza de Ondárroa, cuyos formidables disparos se imaginaban ellos semejantes al retumbar de mil truenos.