Zumalacárregui
Zumalacárregui —No —replicó Fago—. Si quisieran quitárnosla, sería imposible defenderla. Lo que tenemos que hacer es impedir que la descubran; ocultarnos todos cuidadosamente, sin hacer el menor ruido, y una vez que la retaguardia cristina avance y nos deje el río libre, echar entre todos mano al cañón, y pasarlo por el puente de Elosua. Si por acaso los cristinos dejan alguna fuerza en el puente, embestirla sin miedo, acuchillarla, y adelante. Pasado el cañón a la otra orilla, no nos faltarán parejas con que llevarlo esta noche a Urrestillo, y franquear luego el monte Murumendi».
Aprobado este plan, Fago mandó apartarse más hacia occidente, dejando una guardia que vigilase el movimiento de los cristinos. Los de la partida eran once bien armados, con municiones abundantes; los otros seis: diecisiete hombres en junto, de gran fortaleza y decisión. Contaron los escopeteros que Bidaurre les había mandado tirotear a Carratalá desde el monte, molestándole sin darle tiempo a la defensa, y que con rápida marcha se corrieran luego hacia Azcoitia para repetir la propia operación desde las alturas del puerto de Azcárate. El resto de la fuerza andaba por las cercanías de Azpeitia.