Zumalacárregui
Zumalacárregui —Y condenados también nosotros —dijo Fago, un poco mohíno, levantándose.
—También, si no vuelven la espalda al demonio —agregó el ermitaño, poniéndose en camino pausadamente en dirección de su cabaña—. Y más les digo: dos cosas malas, remalas hay en el mundo: la guerra y la mujer… ¡La guerra!, por el son de la palabra, ya se ve que también es mujer. Detrás de las matanzas entre hombres hay siempre querellas, envidias y trapisondas de mujeres.
—¿Crees, también que está condenado el bello sexo? —le preguntó Fago con un poquito de socarronería.
—Condenadas todas no —replicó el otro con autoridad—, porque algunas hay buenas… aunque pocas… Pero que el infierno está lleno de mujerío, no lo duden ustedes.
—¿Verlo tú, pues, Padre? —preguntó Chomín.
—No necesito verlo —dijo el solitario alzando el garrote con alguna viveza— para saber lo que hay allí; y si lo dudas, pronto te desengañarás, porque pronto te has de morir, y has de morir matando.
—Y de mí, —preguntó Fago—, ¿qué piensas?, ¿cómo y cuándo crees que he de morir?».