Zumalacárregui

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Anduvo presuroso en la dirección que estimaba contraria al curso del Ega. La niebla parecía perseguirle, y cuanto más andaba, más envuelto se veía en las masas lechosas. Ningún ruido turbaba la lúgubre quietud del ambiente. Los olivos iban a su encuentro; algunos troncos le cortaban el paso con brutal choque, sacudiéndole formidable testarazo; otros huían deslizándose por su flanco, y le azotaban el rostro con sus ramas mojadas. La tierra le abría zanjas en que se hundía, o le presentaba parapetos para hacerle caer de rodillas. Tropezó en un tronco, y al poner las manos en tierra tocó ropas, cabellos… Era un cadáver. «¿Será éste? —pensó el infeliz capellán poseído nuevamente de glacial terror—. ¿Habré venido a parar junto al cuerpo de Ulibarri, a quien ensarté no sé cuántas veces con mi bayoneta?». Reconocido el muerto, vio que tenía barbas y casco. No era el alcalde de Villafranca… Más allá encontró un caballo; después otros muertos, y un fusil, que tomó. Era un arma cristina.







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