Zumalacárregui

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- XVIII -

En el abatimiento y confusión de su espíritu no mostraba Fago gran deseo de conocer el resultado de los combates del día anterior. Batallas más terribles, libradas en el campo oscuro de su conciencia, secuestraban su atención, y compartida ésta entre el conflicto propio y los hechos que el anciano cantinero refería, apenas pudo enterarse de la victoria facciosa, o se enteró de un modo incompleto, recogiendo sólo retazos, noticias sueltas. Córdoba se había retirado inopinadamente de Arquijas. Oraa fue rechazado en Lana, y Gurrea, que intentó atacar por la derecha, había llegado tarde. En retirada quedaron, pues, al anochecer los cristinos, y aún no se sabía por dónde andaban. Prisioneros de la niebla, los dos ejércitos aguardaban que el sol les libertase para volver a combatir en las mismas posiciones, o en otras.

«¿Qué le parece? —le preguntó el vejete—. ¿Pelearán en las mismas posiciones?… ¿Qué piensa, buen hombre?… ¿O es que, por no entenderlo, no piensa nada?

—No pienso, no se me ocurre nada —dijo Fago demostrando en el mirar y en el gesto extraordinaria confusión—. ¿Qué entiendo yo de posiciones?

—Es usted sargento, ¡contro!

—Soy un pobre cura que se ha visto obligado a… no sé lo que digo… Dadme un poco de vino para que pueda coordinar las ideas.


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