Zumalacárregui
Zumalacárregui Por la noche pidió albergue en el primer caserío que encontró, y allí le dieron noticias contradictorias respecto al Cuartel Real: que había pasado a tierra de Álava, que iba hacia el Baztán, que en la Amézcoa… Confiaba que a la siguiente mañana no faltarían noticias ciertas, y se durmió sosegado, después de cenar habas mal cocidas y un poco de leche de ovejas. Lo que trajo el día subsiguiente no fue la noticia fidedigna que Fago deseaba, sino una nevada formidable. Amaneció todo el país cubierto de nieve, borrados los caminos, el horizonte ceñudo, el cielo arrojando copos. Era, pues, el tránsfuga prisionero de la Naturaleza, como la noche anterior, y toda su voluntad resucitada no podía con el tremendo obstáculo de la nieve y del frío. Resolvió esperar, toda vez que sus patronos, con gallarda nobleza, le ofrecieron hospitalidad por todo el tiempo que quisiese. No se les ocultaba, juzgando por el habla, que era persona principal, quizás de alta categoría, y le escuchaban con respeto y se desvivían por agasajarle. «Señor —le dijo el anciano, jefe de la familia, compuesta de viejas, muchachas y niños, pues todos los mozos estaban en la facción—, vocencia me dispensará si le digo que le hemos conocido, y que no tiene por qué ocultarse de nosotros. Aquí somos fieles a la causa, y puede estar tranquilo, pues. Sabemos que vocencia eminentísima es ese príncipe, primo hermano de la sacra católica real Majestad; ese que le nombran D. Sebastián, D. Grabiel, o no sé cómo, y que anda por estos lugares desaminando pueblos al ojeto de ver dónde se pone una grande fortaleza o laberiento de trincheras que piensan hacer, para que se apoyen las tropas, y den las batallas en regla. Aquí está vocencia seguro, y puede sacar los pinceles y compases para pintar la tierra y montes y honduras radicantes arriba y abajo. Yo también he sido militar, del 1.º de Zapadores: me encontré en Zaragoza con el comandante de Ingenieros Sr. Sangenís, y sé lo que son escarpas y contraescarpas, líneas quebradas, y obras de tierra y fajina. De modo que aunque estoy algo mal de la vista, y por ello gasto antiparras, bien podré ayudarle, y conmigo las muchachas, que todas se despepitan por servir a la real persona».