Zumalacárregui

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Las viejas tomaron parte en la conversación, y propusieron a Fago darle un balandrán de cura que cogido habían en el campo de batalla. No le pareció mal este ofrecimiento, y aún le pareció mejor al ver la prenda de ropa enteramente ajustada a su talla y cuerpo, y tan buena que revelaba ser de canónigo. Aceptada desde luego, se la puso para abrigarse: el frío era intenso; seguía nevando, y no había que pensar en salir tan pronto. Los pastores que en cabañas próximas recogían su ganado, aseguraban que el Rey con toda su Corte estaba en la Amézcoa Baja, y también el ejército, y que hasta pasada Navidad no habría operaciones, por causa del mal tiempo. El viejo de las antiparras no se separaba de su huésped, tratando de hacerle menos aburridas las horas con su charlar continuo de la guerra, entreverado de anécdotas navarras, y de noticias referentes a linajes, familias y personas: de todo ello coligió que había tenido posición y hacienda muy superiores a la pobreza en que a la sazón vivía. Era ribereño, de Murillo el Cuende, y se llamaba Fulgencio Pitillas. Comprometido en las campañas realistas del 22 y 28, Mina le había quemado sus casas y graneros, y quitádole los ganados. Todo lo perdió por defender una idea; pero no le importaba con tal de ver la idea victoriosa. ¿Qué valían unos cuantos carneros y algunos sacos de trigo en comparanza de la religión católica y del trono legítimo? Dios sobre todo.


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