Zumalacárregui
Zumalacárregui —¿Luego vive?
—¿Que si vive? Ahora la tiene usted de ama de cura.
—¡Jesús mío!
—Dicen que dicen… yo no digo nada… Volviose con el mismo que la perdió; éste, que es un gran tunante, para esconder sus pecados debajo de la religión, se hizo cura, y ella…
—Eso no es verdad, Sr. Pitillas, —afirmó el capellán con acento tan distinto del que comúnmente usaba, que el viejo se desconcertó.
—Yo no lo he inventado.
—Pues es falso, y quien lo haya dicho, miente como un bellaco.
—Así será, pues vocencia lo asegura. De que lo dicen respondo. Ahora, que sea o no verídica, no sé… Yo he creído que ella y él no se han metido en nuestra religión santísima, sino en otra de esas en que hay clérigas, quiero decir, donde los curas son al modo de matrimonios casados, y cada canónigo tiene su sacerdotisa para que le cosa la ropa… Eso pienso; no sé.
—¿Y dónde están?
—Que me condene si lo sé. Pero aquí viene este Fermín Iralde, que debe de saberlo, porque una noche contó que había visto a la Saloma tocando las campanas en la iglesia de un lugar, de cuyo nombre no me acuerdo».