Zumalacárregui

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- XXI -

—Es ella, es ella —dijo Fago poseído de febril inquietud, levantándose para espaciar su espíritu y respirar fuerte—. Pero, pero…

—¿Pero qué?… No sabe usted por dónde salir.

—¿La carta…?

—La mandé a su destino, y por mis vigilantes supe que el señor capellán acudió a la cita.

—Eso no es verdad, como no lo es que yo recibiera tal carta: se lo juro. Tiene usted un servicio de espías detestable. Le han engañado, señor mío.

—Para que vea usted que soy leal y que no quiero cogerle en una trampa —manifestó el Consejero empleando toda su gravedad—, le diré que mis informes sobre el particular no son de los que alejan toda duda. Al punto de cita acudió un hombre de balandrán. No me han asegurado que fuese usted. Bien pudo suceder que la señora citara a varios clérigos para celebrar algún concilio, o junta de rabadanes».

Esta broma no le pareció bien a Fago, que sentándose otra vez dio un golpe en la silla que les separaba, diciendo: «La señora Mé no tiene por qué celebrar concilios, ni es persona capaz de andar en tratos de mala ley, en enredos políticos o militares.


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