Zumalacárregui

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- XXV -

«Chiquio, el demonio que te conozca. Eres el cadáver de ti mismo —le dijo con noble y cordial efusión—. ¿Cómo has llegado a ponerte tan flaco y amarillo? ¿Dónde y cómo caíste prisionero? ¿Qué ha sido de ti desde que fuiste a Oñate?…».

Al cúmulo de preguntas que le hizo, no pudo contestar Fago más que con expresiones de alegría y reconocimiento; pero repuesto de la alegría que el feliz encuentro le produjo, emprendió el completo relato de sus desventuras, cuidando de emplear cierto método histórico, para que Arbués pudiese formar juicio, y resolver algo que condujese a la terminación de aquel horrible cautiverio. Hablaron toda la tarde; la situación del prisionero cambió radicalmente, y el jefe de la prisión le mostró gran benevolencia; la esperanza brillaba en los espacios, y sonreía en el alma del pobre capellán. Despidiose Arbués diciéndole que estuviese tranquilo; él hablaría con su Coronel, jefe de la plaza, que le estimaba mucho, y pronto se resolvería lo más conveniente (estilo militar).

Al siguiente día por la tarde, oyó Fago de su primo esta extraña proposición:


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