Zumalacárregui

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«Deseo vivamente ver cómo este señor acomete tal empresa —decía el capellán a su pariente, sintiéndose otra vez tocado de la monomanía estratégica—. ¡Ocupar la Amézcoa Alta! ¿Se cuenta con que el otro no la ocupará antes? ¿Dispone el Sr. Valdés de medios para obrar con rapidez, poniendo entre el pensamiento y la ejecución el menor tiempo posible? Cierto que veinticinco mil hombres son muchos hombres, ¡carambo!, para estas guerras. Y si llevan bastante artillería de montaña, y se escalonan bien las fuerzas, de modo que no se apelmacen en corto espacio y puedan operar con desahogo; si se fortifican tres o cuatro puntos que yo me sé, y se marcan bien las líneas en que ha de operar cada división, designándoles las respectivas convergencias; si no hay atropello ni desorden; si las provisiones no faltan en tiempo y lugar oportunos; si se señalan los puntos de retirada de cada cuerpo, y el punto del máximo avance; si los que mandan las divisiones se atienen escrupulosamente a lo que se les ordene; si la cabeza principal no pierde la serenidad, y sabe lo que son y lo que representan veinticinco mil soldados bajo una sola mano, veo un éxito, querido Rodrigo; veo una victoria grande y quizás decisiva. Para frustrar este plan grandioso, necesita D. Tomás discurrir alguna diablura, y bien podría ser que la discurriese. Le conozco, es tremendo: nada se le escapa, y contra la lógica de los demás, tiene él la suya, que es la lógica madre. Digo yo: ¿se puede descomponer con diez mil hombres este plan de ocupar la Amézcoa con veinticinco mil? ¡Se puede, ya lo creo que se puede! El cómo, yo lo sé, yo lo veo; tú también lo verás, pues este sentido estratégico es ni más ni menos que el sentido común; pero tanto tú como yo nos guardaremos de manifestar estas ideas teóricas, para que no nos tengan por soberbios o presumidos». Díjole Arbués que él no sabía más que batirse donde le mandaban, y que rara vez se le ocurrían pensamientos referentes a organización y unidad de mando. Veía la guerra en la táctica menuda; no le cabían en la cabeza más que sus dos compañías, y aun de ellas le sobraban unas cuantas docenas de soldados.


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