Zumalacárregui

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Puntualmente se ajustaron los hechos a lo que el capellán pensaba. Al día siguiente por la tarde fueron atacados por cuatro batallones carlistas en las inmediaciones de Artaza. Los cristinos se batieron con bravura, y a fuerza de constancia conservaban al anochecer sus posiciones. El terreno no les favorecía: era estrecho, limitado aquí por picachos inaccesibles, allá por cortaduras y barranqueras, en cuyo fondo mugían torrentes. Pelear en tal sitio era la mejor prueba a que puede someterse el valor y la tenacidad de un ejército: lo que hicieron los constitucionales en aquel día supera con mucho a cuantas proezas pudieran imaginarse. Y para que la prueba fuese más terrible, pasaron toda la noche en la angustiosa expectación de ser atacados con mayores fuerzas al día siguiente. ¿Qué harían?, ¿continuar avanzando hacia la sierra? Esto era peligrosísimo, porque al avanzar empujarían hacia el Norte a los demás batallones, y en este caso, marchando siempre hacia arriba, la salida tenía que ser por los valles de la vertiente del Cantábrico o por la frontera pirenaica. El retroceso era también difícil, porque si los realistas, como parecía seguro, se situaban en el portillo de Artaza, podrían, no ya embestir, sino fusilar a los batallones, atacándolos uno por uno. Fago explicó a su primo la situación con un ejemplo… «Figúrate —le dijo— que nuestros veinticinco batallones son veinticinco barcos, y que nos hemos metido en un canal o bahía larga y estrecha. Esta división es el navío de retaguardia. En la boca del canal nos atacan buques enemigos. Si salimos, mal; si entramos, hemos de navegar empujándonos unos a otros hasta salir por el opuesto extremo del canal. Si nos retiramos por donde hemos venido, a medida que vayan saliendo barcos, el enemigo los irá cazando a su gusto y abrasándolos sin piedad. ¿Lo comprendes ahora?


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